Friday, May 29, 2026

Capítulo 21 – La casa de Doña Magali

No sé si era la lluvia, el miedo o esa maldita sensación de que alguien ya sabía cada paso que yo iba a dar, pero mientras manejaba hacia la casa de Doña Magali sentía que la ciudad entera me estaba cerrando el camino.
El Malecón estaba negro. No oscuro. Negro. Como si el mar se hubiera tragado la luz.
Jefferson no contestó más.
Eso fue lo que terminó de confirmarme que Amelia tenía razón.
Ese marica estaba metido en algo.
Llegué a la dirección que Amelia me había dicho sin decirme cómo sabía tanto. La casa de Magali no parecía prostíbulo desde afuera. Parecía una casa vieja, de esas que tienen demasiadas ventanas cerradas y demasiadas historias enterradas en las paredes.
Me bajé del carro sin pensar.
Error.
A los tres pasos sentí algo frío en la nuca.
—Quieto, gringo.
No tuve tiempo ni de voltear.
Me dieron en la cabeza.
Cuando abrí los ojos, estaba amarrado a una silla. La boca seca. La camisa pegada al cuerpo. Y frente a mí, Jefferson.
—Mi llave… tú sí eres bruto.
—¿Dónde está Lana?
Jefferson no se reía como siempre. Tenía la cara cansada. Como si hubiera vendido su alma y todavía no le hubieran pagado.
—Yo no quería que esto llegara así.
—¿Dónde está Lana, maldito?
Entonces apareció Doña Magali.
No era una mujer gorda ni monstruosa como uno se imagina a la maldad. Era elegante. Demasiado elegante. Con un vestido rojo, el pelo recogido y una sonrisa de persona que nunca ha tenido que pedir perdón.
—John —dijo—. Tanto problema por una muchachita.
Ahí lo entendí.
Lana no era solo Lana.
Lana era la hija de Amelia.
Y la falda no era una historia de brujería barata. Era algo que muchos querían. Algo que pasaba de mujer a mujer. Algo que no solo mostraba muertos.
Mostraba deseos. Secretos. Debilidades.
Y en manos de gente como Magali, eso valía más que droga, armas o dinero.
—¿Qué quieres? —le pregunté.
—A Amelia. O mejor dicho, lo que Amelia guarda.
—Ella se está muriendo.
Magali sonrió.
—Por eso tenemos poco tiempo.
Me levantaron entre dos hombres y me arrastraron por un pasillo. En el fondo escuché una voz.
—John!
Lana.
La vi en un cuarto pequeño, sentada en el piso, con las manos amarradas, el pelo mojado por el sudor y la lluvia que entraba por una ventana rota. Pero viva.
Viva.
Y eso fue suficiente para que algo dentro de mí volviera a encenderse.
—Lana, mírame. Te voy a sacar de aquí.
—John, no confíes en Jefferson.
—Ya sé.
Jefferson bajó la mirada.
Por primera vez en toda esta historia, el tigre no tenía chiste.
Doña Magali se acercó a Lana y sacó de una caja una tela negra doblada con cuidado.
La falda.
Pero no era la de Amelia.
Era la de Lana.
—Tu madre nunca quiso entregarme la suya —dijo Magali—. Pero tú, mi niña, tú todavía no sabes usar la tuya.
Lana la miró con odio.
—Antes muerta.
—Eso también se puede arreglar.
Yo me moví con toda la fuerza que tenía, pero las sogas me cortaron las muñecas.
Y entonces escuché otra voz.
Vieja. Cansada. Pero poderosa.
—Magali.
Amelia estaba en la entrada.
Empapada por la lluvia, temblando, apoyándose en la pared. Parecía veinte años más vieja que cuando la había visto en su casa. Pero sus ojos verdes seguían siendo cuchillos.
—Suéltala.
Magali no se sorprendió.
—Sabía que vendrías.
Amelia miró a Jefferson.
—Y tú… pobre muchacho. Siempre tan fácil de comprar.
Jefferson empezó a llorar.
—Yo no sabía que se iban a llevar a Lana. Yo solo les dije dónde estaban en Terrenas. Me dijeron que era para asustar a John.
—Cállate —dije.
No grité. No tenía fuerzas para gritar.
Pero él entendió.
Amelia levantó la mano y todas las velas del cuarto se apagaron de golpe.
La casa entera quedó en oscuridad.
Solo escuché gritos.
Golpes.
Lana corriendo.
Y la voz de Amelia dentro de mi cabeza:
“John, corre hacia ella. Esta vez no mires atrás.”
No sé cómo me solté. No sé si fui yo o Amelia. Solo sé que terminé en el piso, con las manos libres, y corrí hacia Lana.
La agarré.
La cargué.
Y salimos.
Pero al cruzar la puerta, Jefferson se puso frente a nosotros.
—John, espera.
—Quítate.
—Ellos no trabajan solos. Magali no es la final. Esto va para Miami.
—¿Qué?
—Infotech.
Sentí que el mundo se congeló.
Mi compañía.
Mis viajes.
Mis cenas.
Mis cuentas pagadas.
Todo.
No era casualidad.
Lana me apretó la mano.
—John, vámonos.
Atrás, Amelia gritó.
La falda negra empezó a girar alrededor de ella como humo. Magali también gritaba, pero no de miedo. De rabia.
Entonces la casa tembló.
Jefferson nos miró.
—Corre, gringo.
Y corrimos.
Cuando llegamos al carro, Lana volteó.
—¿Y mi mamá?
Yo también volteé.
La casa de Doña Magali estaba ardiendo por dentro, pero la lluvia no dejaba que el fuego saliera.
Como si el infierno estuviera encerrado.
Amelia no salió.

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